Adriana Lestido

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Todo los trabajos de Adriana Lestido tienen algo en común, te pellizcan el alma.  En la galería de imágenes encontrarás parte de su trabajo «El Amor» y entenderás lo que queremos decir.

Hablamos con esta gran fotógrafa sobre sus trabajos, su vida y su espacio en este universo.

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© Constanza Niscovolos

¿Cómo empezaste en este oficio?

Empecé estudiando cine. Nunca había hecho fotos, ni tenía idea de cómo manejar una cámara fotográfica. Entonces hice un curso básico de fotografía y entró en mi vida con tanta intensidad que  inmediatamente sentí que por ahí pasaba mi camino.

¿Te acuerdas de cuál fue tu primera cámara?

Si, una Voigtlander que me consiguió prestada mi hermana, del padre fotógrafo de una amiga suya.

¿Cuál fue la primera foto o fotógrafo que te impresionó?

¡Dorothea Lange! Todo su trabajo pero especialmente la foto de la madre migrante (Migrant Mother). Cuando vi esa imagen por primera vez fue como reconocer algo profundamente ligado a mi vida. Supe que sería fotógrafa.

¿La última foto o el último fotógrafo que te ha hecho sentir lo mismo?

Rinko Kawauchi.

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De la serie «Hospital infanto juvenil»

¿Con qué cámara sueles disparar? ¿Te da igual una que otra?

No, mi cámara preferida es una Leica M6. Fotografío a veces con otras cámaras pero no me da lo mismo, siento una unión con esa cámara que nunca pude sentir con otras.

¿Tienes una óptica favorita?

Sí, el 35 mm y el normal. Pero más el 35.

¿Horizontal o vertical?

Horizontal casi siempre. Y a veces vertical.

Qué prefieres,¿disparar a tiempo y hacer lo que esperabas, o no llegar a tiempo y sorprenderte?

Siempre sorprenderme! Espero lo inesperado!!

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De la serie «Madres adolescentes»

 

 

¿Reencuadras las fotos?

No.

¿Cómo te has adaptado al mundo digital?

Aunque a veces trabajo digitalmente, sigo usando película. Cuando algo me interesa de verdad trabajo analógicamente.

¿Digital o químico? ¿Porqué?

Químico, por la transformación que implica todo lo que es físico. La luz creando una imagen sobre la gelatina de plata, el tiempo que está esa imagen latente hasta que se revela. Los rollitos, los contactos, lo artesanal y único de una copia analógica, la energía humana que hay detrás de todo el proceso… la magia!!

¿Que películas utilizas?

Tri X.

¿Retocas las imágenes? ¿Con que software?

No las retoco. Con las analógicas sólo retoco las pelusas con Spotone. Y con las digitales lo elemental, con Photoshop.

¿Cómo ves el panorama a día de hoy?

Demasiadas imágenes innecesarias, sin vida…sin vibración ni latido propio… que no mueven nada.

Pero afortunadamente siempre el milagro se presenta y llegan las imágenes que alegran y regocijan al corazón. ¡Todo está ahí!

 

 

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Por Mike Steel

Después de realizar bastantes entrevistas a fotógrafos, me he dado cuenta de que hay un gran vínculo entre la fotografía y la literatura. Me llama la atención que, aunque tu amor por la literatura está bien documentado (de hecho dices que escribir es lo que más haces), comenzaras a estudiar ingeniería por un gusto por las matemáticas…

En realidad más que mi gusto por las matemáticas (que de todas formas me gustaban) fue porque era lo que más fácilmente se me daba. Me resultaba más trabajoso memorizar que comprender, las otras materias me llevaban más tiempo. Siempre leí mucho pero ni se me ocurrió ir por ese lado. En realidad lo que más me interesaba, sin ser consciente en ese momento, era la lógica matemática. De todas formas enseguida me di cuenta que la Ingeniería no era lo mío, pero seguí varios años en la facultad porque militaba –comencé a militar casi en cuanto ingresé, era una época de mucha efervescencia- y una mujer militante en una facultad con gran mayoría de hombres era muy valiosa. Quise cambiar de carrera pero no me dejaron… (¡!).


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De la serie «Madres e hijas» Eugenia y Violeta

Empezaste a fotografiar en 1979 (estudia en la Escuela de Cine de Avellaneda), poco después de la desaparición de tu marido Willy (Guillermo Moralli) a manos de la fuerza parapolicial llamada la Triple A y comienzas a trabajar en el recién fundado periódico La Voz en el año 1982. Después de lo que le pasó a tu marido, ¿no tenías miedo de exponerte (había militado en vanguardia comunista junto a su marido), de estar en una posición de posible riesgo aunque fuera en los últimos estertores de la dictadura militar.

Primero una aclaración; Willy no fue secuestrado por la triple A sino por el ejército argentino, en julio del 78. En ese momento ya casi no actuaba la Triple A, que era una banda parapolicial que actuó sobretodo durante el gobierno de Isabel Perón. El 78 era plena dictadura y los secuestros los hacían los militares. No, no tuve miedo de exponerme, a pesar de haber sido también buscada cuando lo secuestraron a él. De hecho seguí viviendo en Buenos Aires. Pero quizás eso se deba a cierta inconsciencia, o más bien locura, de mi parte. Recién en el 83, cuando viajó a Argentina un compañero que estuvo secuestrado junto con Willy, y que afortunadamente logró zafar –vive en Suecia desde entonces- supe lo cerca que estuve de haber sido secuestrada y que fue Willy justamente quien me protegió. Le debo la vida.

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De la serie «Mujeres presas».

Tuviste una infancia marcada por la ausencia de tu padre que fue encarcelado por estafa cuando tenías 6 años y que permaneció en ella hasta que tuviste 11-12 años. Tu primer libro publicado fue el trabajo Mujeres presas (Dylan editores, 2001). Me imagino que los años pasados realizando visitas a tu padre harían este trabajo muy difícil ¿o fue una manera de exorcizar tus demonios enfrentándote de cara a ellos?

Mi padre estuvo preso entre mis 6 y 11 años, fue por una estafa con cheques en La Malagueña donde él era vendedor. Por los años que pasó en prisión pareciera que se tratara de una gran estafa, pero en realidad fue algo menor que hizo con un compañero de trabajo. No tuvo un buen abogado, lo defendió un abogado de oficio por eso estuvo tanto tiempo. Lo aclaro porque no era un estafador (esa fue la única vez en su vida que estuvo preso) sino más bien un perdedor, todo le salía mal. Pero era un buen tipo. Su compañero estuvo bien defendido y pudo salir a los pocos meses. Todo recayó sobre mi viejo.

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De la serie «Mujeres presas».


Volviendo a las fotos, los motivos por los que uno hace lo que hace a veces se comprenden mucho tiempo después, son como capas, a medida que pasa el tiempo van emergiendo sentidos más profundos. Al principio no relacioné la cárcel con la prisión de mi padre, ni con la desaparición de Willy, sin embargo el dolor de esas ausencias fue quizás el motor fundamental  pero en realidad surgió como parte de un trabajo sobre  maternidad en situaciones críticas. Al principio se llamó Mujeres presas con sus hijos, pero poco a poco el eje fue mutando, a medida que fui comprendiendo que estar preso es un estado tan extremo que estar o no con un hijo es secundario. Sí, sin duda fue un trabajo difícil que pude hacer sólo porque tenía la necesidad vital de hacerlo. Igual cuando estaba en la cárcel con las chicas el sentimiento que predominaba era de alegría; estaba en el lugar donde debía estar haciendo lo que tenía que hacer. Aunque el cuerpo se me rebelaba antes de entrar, sobretodo en los últimos meses. Estando con ellas me sentía feliz, a pesar de la tremenda energía de la cárcel, del dolor, de las terribles historias de las que me hacían confidente. Mi llegada era siempre una fiesta, para ellas y para mí. Igual fue un alivio cuando sentí que ya estaba. Sí, seguramente exorcicé muchos demonios, lo más oscuro de mí se canalizó a través de esas imágenes. Es mi trabajo más duro, quizás el más desesperanzado. Se está preso mucho antes de caer en prisión.

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De la serie «Mujeres presas».

Eres la mayor de cuatro hermanos. Los años en los que estuvo tu padre preso debieron de ser de bastantes penurias económicas y de bastante responsabilidad para ti siendo tan niña. ¿Crees que la relación que se forjó con tu madre durante estos años fue la que te empujo a emprender tu segundo gran proyecto «Madres e hijas» o fue por otro motivo?

La necesidad de hacer madres e hijas surgió como un rayo cuando leí El Club de la Buena Estrella, de Amy Tan. En ese momento pensaba fotografiar nacimientos, que me había quedado pendiente del trabajo en la cárcel, pero leí el libro y supe que era eso lo que tenía que hacer. La relación con mi madre fue difícil, sí. No sé si los años de ausencia de mi padre -que sin duda fueron muy duros-, tuvieron que ver, posiblemente hayan acentuado la dificultad. Ella  murió cuando yo tenía 29 años, todavía estábamos en la tensión de la relación, un delicado equilibrio que las dos nos esforzábamos en mantener pero que no nos ayudaba a estar cerca, relajadas. Hice Madres e hijas cuando ella ya había muerto y fue gracias a ese trabajo que pude verla como mujer, comprenderla, más allá de su rol de madre. Y sentir el inmenso amor que nos tuvimos. Por supuesto eso también ayudó a comprender un poco más lo que soy.

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De la serie «Madres e hijas» Marta y Nanal.

Trabajaste durante bastantes años para los diarios y agencias de noticias hasta que al mandarte la agencia DyN a hacer unas fotos en el hospital neuropsiquiátrico  Borda te das cuenta de que tienes que realizar trabajos de una manera más pausada, fundirte con lo fotografiado, y comienzas lo que sería tu primer ensayo fotográfico en el Hospital Infanto Juvenil. ¿Crees que podrías haber hecho todos tus trabajos posteriores a ese ritmo sin la ayuda de becas y premios? (Ha sido entre otras receptora de la Beca Hasselblad 1991, Beca Guggenheim 1995).

Las becas fueron una gran ayuda para poder dedicarme con la intensidad necesaria (hice Mujeres presas con la beca Hasselblad y Madres e hijas con la Guggenheim), pero los hubiera hecho igual de todas formas, de hecho Madres e hijas lo había empezado antes de obtener la beca. Creo ante todo en la necesidad, es lo que valida la creación. Y estoy convencida que cuando existe esa necesidad vital, auténtica, el universo provee los medios para canalizarla. Al menos en mi caso es así.

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Madre e hija de la Plaza de Mayo, 1982

Dos de tus fotografías más icónicas, la de la madre y la hija en la Plaza de Mayo y La Salsera las hiciste durante tu etapa de fotoperiodista. Por lo que he leído, intentaste encontrar a los protagonistas de estas dos imágenes y que después de mucho tiempo lo conseguiste. ¿Crees que una de las razones por las que dejaste el fotoperiodismo es la falta de cercanía y la imposibilidad de crear un vínculo con los retratados?

No, no fue ese el motivo, no creo que sea tan fundamental el vínculo con los retratados. Mi trabajo personal fue en principio en paralelo con mi trabajo periodístico, pero se fue alejando cada vez más. Siempre tuve claro que el periodismo era un medio de vida y que en algún momento lo iba a dejar. Si bien le estoy muy agradecida por lo que me ayudó en mi formación como fotógrafa y por esas fotos y algunas más (la de la madre e hija de Plaza de Mayo es la imagen fundante de todo mi trabajo posterior), no me interesa mucho el periodismo, no me parece un medio para poder desarrollar un trabajo personal. Su condicionamiento impide la libertad necesaria, ser uno mismo y hacer que todo pase por ese uno mismo. Creo que la improvisación está en la base de la creación, dejarse transformar por lo que suceda… saber esperar lo inesperado. No se sabe adónde llevará lo que uno está haciendo, es un viaje donde es necesario soltar el control para que la transformación ocurra. ¡Porque lo creativo es la transformación continua! Es necesario poder estar abiertos para que lo que llegue nos transforme, y la gran dificultad es permanecer en el interior. Desde el periodismo eso es imposible, es otro canal.

 

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La salsera, 1992

La vida y obra de Paz Errázuriz y la tuya tienen varios puntos en común en mi opinión. Las dos empezáis a trabajar como fotoreporteras durante una dictadura y termináis haciendo trabajos que toman mucho tiempo e indagan en el alma. En la entrevista que le hicimos para Ojos Rojos nos dijo que era cercana a “aquellos que buscan la fotografía en sí, su espíritu o los que reconocen la fotografía como herramienta de búsqueda, algo así como un detector de vida” ¿La fotografía es para ti eso, un detector de vida?

Sí, es muy lindo como lo dice Paz, me gusta pensar la fotografía como un detector de vida, estoy de acuerdo..  Para mí la fotografía es una manera de ver, en el sentido más profundo del termino. De ver lo que está por detrás de lo aparente. De estar en el presente. Poder ver lo que no se ve desde lo que está sucediendo frente a la cámara. No me interesa que vuelva lo que ya sé ni lo que veo sino lo que percibo sin saber, aquello que está bajo la superficie.

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Las dos imágenes de la serie «Hospital infanto juvenil»

 

Hay una frase de John Steinbeck que resume una parte importante de tu trabajo,  algo que incluso ha marcado tu vida : «Hay mucha más oscuridad cuando una luz se apaga, de la que hubiera habido si nunca hubiera brillado»; es la ausencia. ¿Fotografías para combatir esa ausencia o para entenderla y al fin entenderte a ti misma?

¡Hermosa frase! No creo que se pueda combatir la ausencia, pero darle a la ausencia su lugar contribuye a resignificar la vida, a la creación de un sentido. Como dice Jung la vida no exige que seamos perfectos sino completos, y conectar con el dolor de la ausencia ayuda a ser consciente de la propia oscuridad, a un conocimiento mayor de sí mismo, a ir completándose.

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De la serie «Madres adolescentes».

Navegando por tu página web me llamó mucho la atención que en la presentación de tu exposición retrospectiva y libro «Lo que se ve» en Johannesburgo y en Washington, el título de la exposición se había traducido de dos maneras distintas al inglés. En una se tradujo por «what can be seen» (que aparte de lo que se ve, se podría traducir también por: lo que se puede llegar a ver) y en otra por «what is seen» (lo que se ve solamente). Aunque el título de la retrospectiva proviene de una obra de la escritora Sara Gallardo, ¿Cuál de las dos traducciones crees que resume mejor tu trabajo?

Me parece que le va mejor What can be seen. Creo que el ojo es un sentido muy tirano, y un poco superficial también. Se ve en realidad con todo el cuerpo y todos los sentidos, y ese ver es el que me interesa. No lo que yo veo sino lo que se ve a través. Es como ponerme al servicio. En ese sentido me interesan mucho los fotógrafos ciegos, o el caso de Paco el Grande, que sólo puede ver en dos dimensiones y con una luz determinada. Fotografía lo que percibe y sólo puede verlo una vez revelado. Eso es lo que más se aproxima al sentido que tiene para mí la fotografía.

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En una entrevista tu admirada Nan Goldin decía que «Siempre sentí que solo tenía derecho a fotografiar a mi propia tribu, mi gente, o por lo menos gente con la que comparto una cercanía y a la que le puedo dar algo». ¿para empezar un proyecto necesitas alguna de estas consignas?

No necesariamente. En realidad eso fue así recién a partir de madres e hijas, donde quise que todas las protagonistas fueran de mi entorno, conocerlas previamente. Pero de todas formas sí necesito sentir que comparto una cercanía con la gente que fotografío, y que le puedo dar algo. Tiene que haber un intercambio y una especie de acuerdo recíproco para que tenga sentido. Aunque sea gente que recién conozco tiene que haber una empatía, se tiene que poder generar un vínculo amoroso para poder realmente estar ahí. Una imagen lograda creo que es como el casamiento de dos energías, la que mira y lo mirado, sea lo que sea lo mirado. Para que esa unión se produzca tiene que haber entrega, una entrega amorosa. El amor ayuda a comprender.

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De la serie «Madres e hijas» Marta y Nanal.

Tu trabajo El Amor, desprende una tristeza que a veces resulta incómoda, apabullante, pero es de una belleza extrema. Las versos de Pedro Salinas que preceden a las imágenes en tu libro Lo que se ve las hacen incluso más desalentadoras (el poema acaba diciendo «…lo más seguro es el adiós) y a su vez más bellas. Parece una especie de esquizofrenia del alma. ¿Buscabas transmitir esa sensación? ¿Era para ti una forma de limpieza, de pasar página?

Sí. Ese es mi poema de cabecera en realidad. Creo que el dolor de la separación es parte inherente del amor y de la vida. Pero con las imágenes no buscaba nada, se dieron solas. Las primeras son de viajes que hacía con el que era mi pareja, y la última parte son de un viaje que hice sola después de la separación. Viéndolas después de un tiempo me di cuenta que eran algo más que fotos de viaje. En realidad yo quería hacer algo sobre el amor pero no terminaba de darme cuenta cómo quería hacerlo, pensé primero en fotografiar parejas, luego en fotografíarlo a él, o a nosotros, no sabía. Tuvo que pasar un buen tiempo para que me diera cuenta que en esos paisajes brumosos y difusos estaba lo que necesitaba expresar. Fue una forma de limpieza, sí, pero creo que eso es la creación, básicamente limpieza, hacer espacio.

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De la serie «Madres e hijas» Mari y Estela

Si no me equivoco, llevas años trabajando en tu último proyecto en la Antártida. Sorprendentemente este trabajo es en color ¿Fue una elección pensada para compensar, para luchar contra la ausencia (otra vez la ausencia) de color que se da en ese continente?

En realidad las imágenes en color (que es un color muy blanco y negro de todas formas) son muy poquitas. El trabajo en sí es en blanco y negro. Pasa que también llevé unos rollos de diapositiva color, para usarlos sólo con una cámara panorámica que me había prestado mi amigo Juan Travnik, una Widelux. Pero como con el frío la cámara empezó a fallar – el lente hace un recorrido para que se imprima la película, tienen que estar bien los lubricantes-  dejé de usarla. Por eso, como son poquitos, los pude editar enseguida,  es lo que en principio mostré. Pero en realidad no pude evitar el blanco y negro, ¡es más fuerte que yo! De eso todavía no mostré nada, estoy trabajando en un libro.

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De la serie «Antártida».

La elección de la Antártida para un proyecto parece ser una ruptura total con tus anteriores trabajos ya que la ausencia de vida en ese continente es total. Además las condiciones climáticas son extremas y dificultarán mucho el trabajo. ¿Qué te impulsó a embarcarte en este trabajo?

Así lo siento efectivamente, como una ruptura total. Quise ir a la Antártida como una forma de ir al origen, al principio y al fin. Justamente me interesa la Antártida por la falta de vida, por lo extremo. Es como un lugar de muerte, de muerte en el sentido de transformación. Estoy en un momento donde necesito dar un viraje profundo y espero que la Antártida sea esa bisagra que me permita pasar a otra cosa. La vida dirá.

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De la serie «Antártida».

Nada más, agradecerte tu tiempo y desearte que seas feliz

Entrevista realizada por Mike Steel

Para saber más sobre Adriana Lestido:

Web personal

Adriana Lestido en Wikipedia

Cada día un fotógrafo

 

 

 

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