Chema Madoz

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Javier Olivares comenta una fotografia de chema madoz revista ojosrojos

La escalera

 

Escoger una sola imagen para hablar de ella, que acto tan insensato para un ilustrador. Es como intentar decidir de cual de las miles de bocanadas de aire que aspiro a diario me gustaría comentar algo especialmente.

Cuando alguien me propone algo así, en mi cabeza siempre se forma un fenómeno de evidentes ecos meteorológicos con tres fases muy definidas: contención, inundación y rescate. Primero uno intenta racionalmente escoger, definir, encontrar algo que se nos grabó en el cortex gráfico en algún momento de nuestra vida, mientras procuras controlar y contener la avalancha que se va formando detrás de las compuertas de nuestra memoria y que en ese momento de duda o desconcierto nos cae encima, empapándonos con las cientos de posibilidades que nuestra memoria gráfica atesora en los desvanes cerebrales.

Luego, ya mas seco y deambulando por entre los restos, con suerte encontraremos esa imagen que contiene y explica todo ese marasmo.

Yo no tuve que andar mucho, chapoteé un poco de acá para allá dejando pasar obras de Walker Evans, Doisneau, Robert Frank, Penn y otros muchos de los grandes nombres de la fotografía hasta que me encontré mirando esta foto de Chema Madoz y con un movimiento rápido y casi inconsciente, la saqué del lodazal.

Soy consciente de que lo que me ha fascinado siempre de esta imagen no es una razón estrictamente fotográfica. El propio Madoz ha dicho en alguna entrevista que él utiliza la fotografía porque es el medio que le permite elaborar mejor su discurso gráfico, lo que le convierte en un fotógrafo, claro está, pero con un perfil profesional astutamente fronterizo.

Sus fotografías cuestionan tranquilamente, pero sin piedad, muchas de nuestras certezas  A veces a través de la venganza de la manufactura sobre la monotonía de lo que se fabrica en cadena. Otras veces incitando a la rebeldía de los usos, induciendo al apareamiento de objetos o explicando la lectura correcta de las sombras.

Para mí, que trabajo en prensa desde hace muchos años (un medio veloz que se construye y se destruye en un acelerado tiempo real) y tengo que lidiar con la alquímica tarea de destilar las palabras para convertirlas en blindados comprimidos gráficos, esta fotografía de Chema Madoz me ha parecido siempre la ilustración de prensa perfecta.

Pero cuando digo perfecta no aludo a su eco poético o a sus abiertas interpretaciones metafísicas, ópticas o incluso humorísticas.

Como cuando se habla de “tormentas perfectas”, me refiero a su carácter implacable.

Es una imagen tan atrevida, tan obvia en su desafío a la realidad que temo que si se publicase en un diario actuaría como una esponja terrible y absorbería dentro de ella todas las palabras, todas las definiciones, todos los discursos lógicos y toda la publicidad navideña y después succionaría, por este orden, a la redacción, al edificio y por último a la realidad misma, que sería incapaz de soportar ese pequeño agujero sin azogue en la intachable pared de su estructura.

Para terminar este insensato intento de convertir una foto inabarcable en un texto que pueda ser maquetado sin problemas, diré que para mí es una de esas imágenes  a las que no basta con mirar; hay que atreverse a hacer lo que proponen.

Javier Olivares
Ilustrador

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