Miguel Trillo

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En esta entrevista nos acercamos al trabajo que lleva realizando desde hace más de 35 años Miguel Trillo como retratista.

Miguel-Trillo-en-Tabacalera,-foto-Ana-Torralva-2014 Miguel Trillo en Tabacalera, foto  © Ana Torralva 2014

¿Cómo empezaste en este oficio?

No fue un oficio, sino un deseo. Nunca me he considerado un artesano ni un profesional de la fotografía. Tampoco ha sido mi hobby. Lo convertí en una actividad entre intelectual y artística de la que no he vivido, pero me ha mantenido vivo.

¿Te acuerdas de cuál fue tu primera cámara?

Cómo no. En 1972, al cumplir 19 años, me regalaron una cámara barata (no recuerdo la marca) que encima salió defectuosa porque le entraba una cuña de luz y se atascaba la película. Así que meses después me compraron otra compacta mejor, una Werlisa Color, aunque yo las hacía en blanco y negro. Y la tercera cámara y definitiva, en 1976: una réflex de regalo de fin de carrera. Tenía ya 23 años y al fin una cámara en condiciones. Se llamaba Fujica ST 701. La elegí porque era la réflex más ligera que había. En 1979, ya con dinero de mi sueldo de profe, me compré una Mamiya de formato medio 4,5×6.

¿Cuál fue la primera foto o fotógrafo que te impresionó?

Una secuencia de Duane Michals. La de la serie circular del cuarto de baño con un cuadro de un hombre leyendo por la calle un libro con una foto que termina siendo él en ese mismo cuadro del cuarto de baño. Fue en Sevilla estando en el Servicio Militar Obligatorio entre el 77-78 en unas conferencias que organizaban el colectivo fotográfico F8 en su sede.
¿La última foto o el último fotógrafo que te ha hecho sentir lo mismo?

Las imágenes forman últimamente un mar de fondo. Se enturbian y cuesta repescarlas. Ante tal acumulación, te diré los retratos hieráticos del sudafricano Gideon Mendel de inundados en sus casas. Y en una expo reciente en Barcelona sobre la postfotografía, comisariada por Sema d’Acosta, me sorprendió una del mallorquín Ian Waelder, hecha sin cámara, sobre el rastro de un monopatín. Y ahora que están tan en auge los libros fotográficos, destacaría “Holy Bible”, de los británicos Adam Broomberg y Oliver Chanarin, un tremendo fotolibro filosófico.

¿Con qué cámara sueles disparar?

Con la Nikon D800E desde noviembre de 2013. Antes con la Canon EOS 5D. Desde 2006 tengo réflex digital. Dije adiós al acetato. Aunque empecé con mal pie. Me la robaron a punta de pistola en la ciudad de Colón, en Panamá. Acababa de hacer unos retratos a unos reguetones y menos mal que lo puedo contar. Al regresar a España me compré otra a plazos, había decidido no volver a las diapositivas.

¿Tienes una óptica favorita?

Por cuestiones de peso y prácticas me conformo con el zoom que trae el kit. Con el cuerpo de la cámara, en cambio, siempre he sido muy exigente. Dejé de tener más de una óptica, porque al ir a cambiar de objetivo, se me iba la persona que estaba fotografiando. En los conciertos o en las fiestas todo el mundo anda muy acelerado. El zoom que llevo ahora es un Nikkor 24-85mm. Los retratos me suelen salir en torno a un 35mm de focal.

¿Horizontal o vertical?

Antes horizontal y ahora vertical. No es premeditado. Tal vez sea por influencia del street style. En los centros comerciales abundan los monitores verticales con publicidad, así que vamos hacia la verticalidad. Las personas medimos más de alto que de ancho. Lo que me fastidia es que por presión del cine las pantallas de los ordenadores sean cada vez más panorámicas. Ya no se hacen portátiles de pantalla 3:4. La gran ventaja de la fotografía frente al cine es que podemos hacer encuadres horizontales, verticales e incluso cuadrados si es tu cámara así.

¿Qué prefieres disparar a tiempo y hacer lo que esperabas o no llegar a tiempo y sorprenderte?

En mi fotografía no se llega a tiempo porque no hago fotos de acontecimientos. Prefiero llegar al principio o al final del festival. Es cuando están los mejores. Al principio, los que se adelantaron al estar ansiosos y querer la primera fila. Al final del concierto los que no se quieren ir. Ha sido la vivencia estética demasiado intensa como para irse. Ahí estoy yo. En la mitad está la masa, la que llena, y se va. Da dinero, pero no da imágenes.

¿Reencuadras las fotos?

Corrijo cuando la noto torcida o quito aire si hay demasiado en alguna parte y ahora automatizo la corrección digital de la lente. Me gusta ver aire sobre las cabezas. No soporto al verla publicada que se lo hayan quitado y hasta han llegado a cortar del pelo para arriba. Como si la cabeza solo fuera ojos y boca. En mis fotografiados el pelo es más importante que los ojos.

¿Cómo te has adaptado al mundo digital?

Perfectamente. Estoy contento. Eso de que un rollo de 100 ISO puedas convertirlo en uno de 400 o 1000 ISO sin tener que cambiar de película suena a magia. O convertirla en blanco y negro si quisieras. No es mi caso, porque blanco y negro no hago desde el siglo pasado. Dejó de atraerme. Pero esta magia digital tiene también una chistera peligrosa. He perdido fotos por haberlas borrado accidentalmente o por problemas con la tarjeta de almacenamiento o por extravíos.

¿Digital o químico? ¿Por qué?

Digital. Hasta la nitidez a día de hoy la noto mayor. Y ahorras peso y espacio. No quedaba en la habitación de archivo de mi casa pared disponible. Todo son álbumes de negativos en blanco y negro con sus hojas de contactos y álbumes de diapositivas en sus marquitos ordenados por años. Miles y miles de imágenes hasta el techo. Pero la industria va tan rápida que la próxima exposición que haga no podré usar el sistema Lambda de impresión, que era mi favorito, me recordaba al antiguo cibachrome. Ilford ha dejado de fabricar ese soporte de poliéster (que se revelaba y fijaba, es decir, que se mojaba en líquidos) por lo que en el futuro me positivarán por inyección de tintas pigmentadas sobre papel Ilford. Me han contado que ganaré en nitidez y que tiene mayor durabilidad.

¿Qué películas utilizas?

Ya ninguna, solo tarjetas CF y SD de bastantes gigas. Pero he utilizado mucha diapositiva en color profesional Kodak, Fuji y Agfa de paso universal y de medio formato. Y antes del año 2000 también ponía película en blanco y negro casi siempre de Kodak. La película de blanco y negro me la revelaba yo en mi casa. Los TriX (TMY) de los años 90 se me están estropeando algunos con manchas amarillas. En cambio, los TriX (TMX) de los 80 y 70 no se me están manchando. Se ve que la composición química era distinta, por eso le cambiarían las siglas. Las diapositivas se me conservan todas. Los pocos negativos en color que tengo de los años 70 y 80 están de pena. Y en alguna ocasión hice diapositiva color infrarroja (la mandaban a EEUU a revelar) y diapositiva revelada por el proceso cruzado C-41 de negativo color. Pero parecían tan irreales que desistí. Me gustan las fotos normales.

¿Retocas las imágenes? ¿Con que software?

No, porque quiero seguir siendo fotógrafo documentalista. Revelo el Raw digital con Photoshop, aunque para las exposiciones prefiero llevarlas al laboratorista profesional. Acabo de comprarme el Lightroom porque me han dicho que es más manejable para el tipo de foto que hago. No se me da el laboratorio. Y nunca me ha gustado retocar, que es como arreglar el pasado. Ya la memoria maquilla bastante los recuerdos para que encima se maquille la realidad y sus vivencias. Eso no es vida, sino un cadáver en un funeral, pero es lo que nos espera. Yo por primera vez he devuelto una copia digital. Fue el mes pasado en un buen laboratorio que no me conocían mucho. Al llegar a mi casa y ver con tranquilidad el retrato de 50x70cm descubrí que le habían quitado una mancha que había en el jersey de la chica. Me la volvieron a hacer y destruyeron delante mía la retocada.

¿Cómo ves el panorama a día de hoy?

El accesorio fotográfico que más se vende hoy es el palo para colocar el teléfono móvil y poderse hacer autorretratos en grupo. Por la calle parecen jugadores de golf de excursión. Pero los fotógrafos de móvil tienen los meses contados. Todos se pasarán pronto al vídeo y de nuevo la fotografía será para los que somos amantes de la imagen fija. Las cámaras de video-vigilancia no se conciben si solo hicieran fotos. Lo mismo le pasará a los teléfonos móviles. Serán video-móviles. Llevo varios años con cámara réflex de foto que hace también vídeo. Ni he leído las instrucciones de cómo se hace vídeo. No me interesa. Si fuera poeta, me interesarían las palabras. Muy pocos poetas hay que graben discos. Yo tampoco grabo vídeos. Rechazo hasta los diaporamas. Me gusta el silencio intenso de las fotos, porque la fotografía es un silencio que cuenta un ruido. Y hay que oírlo ensimismado, con el silencio de la mirada, sin interferencias.

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Hola Miguel. Lo que creo que mucha gente no sabe es que, aunque se te conozca por tu trabajo como retratista, empezaste haciendo fotografía de tendencia surrealista y que, de hecho, expusiste junto a gente como Jorge Rueda, Joan Fontcuberta, Manel Esclusa, Pablo Pérez Mínguez, etc. allá por los años 70. ¿Cómo fueron tus comienzos en la fotografía y cuál fue el motivo por el que decidiste cambiar la fotografía surrealista por el retrato?

Hola Mike. En aquella época de los años 70 la calle en España era un espacio rigurosamente vigilado. Podrían haberse pensado que yo era un policía camuflado que se dedicaba a fichar fotográficamente al personal joven contestatario. A diferencia del resto de Europa Occidental, carecíamos (junto con Portugal) de libertades públicas. O te ibas a hacer fotos de festejos tradicionales a los pueblos (cosa que detestaba) o te refugiabas en un mundo de imaginación, que además era una tendencia en los 70 muy creativa. Yo no conocía aún la revista Nueva Lente, hacía fotos irreales más por influencia de los pintores surrealistas. Las hormigas y los bichos desde niño me habían atraído. Y esas fotos se convertían en fotos “de protesta”, metáforas visuales de una situación de asfixia cultural y social del país. La contestación política lo llenaba todo, aunque apenas si tengo fotos de manifestaciones ni después de que se legalizaran. Me parecían imágenes adosadas a textos.

Empiezas a tener interés en fotografiar conciertos de rock, lo que pasa es que ese interés pasa de repente de ser por las estrellas del rock a ser por las estrellas que se encuentran fuera de los escenarios, el público. ¿Por qué ese cambio?

Los intereses siempre han sido variables. Y los he ido cambiando. De los grupos de pop y rock actuando pasé al público de esos conciertos y de allí a la gente en los bares o locales. Luego abrí el abanico del pop, rock, hip hop e incluí a los ultras del fútbol y a los deportes urbanos de calle como rollers, skaters, BMX… Una cosa me ha llevado a la siguiente. Y así he terminado en el street style en las avenidas comerciales de las grandes ciudades y en los festivales de cómic, manga, anime… La gran diferencia es que ahora son fotos diurnas y no nocturnas, pero siguen hablando de personas jóvenes locas por un tema afín, fruto de una pasión estética. Me fue fácil dejar de hacer fotos en los conciertos. Con la llegada del vídeo en los 80 empezó a tener menos emoción sacar fotos fijas de algo tan en movimiento y sonoro como una actuación musical. Y con la edad fui perdiendo el entusiasmo de ser fan de primera fila de los grupos. Con el tiempo se pierden ciertos intereses y ese se me fue. Date cuenta que siempre he hecho la foto que me ha dado la gana, porque nadie me mandaba allí.

Cuando empezaste a fotografiar a tus modelos me imagino que tendrías la misma edad que ellos o que por lo menos que pertenecerías a la misma generación. Pasados los años, sigues fotografiando a la gente joven del planeta. Puedes explicarnos el porqué de tu pasión por fotografiar los movimientos juveniles o tribus urbanas. ¿Has pertenecido alguna vez a alguna de estas tribus?

Todos los grupos de rock o de rap dejan de ser jóvenes y unas veces cambian de estilo o se separan y otras continúan fieles a sus orígenes o evolucionando. Posiblemente mi caso vaya en esa línea. Me he creado una burbuja fotográfica de la que no he querido salir. Las tribus urbanas se han convertido en mi leitmotiv. De joven me identificaba con los mods. Era la estética de moda cuando yo tenía 15 años. Pero, claro, en un pueblo andaluz de la época de la dictadura de Franco poco Swinging London se podía respirar a pesar de vivir a dos pasos de Gibraltar (la verja de la frontera estaba echada). Por eso el revival mod de finales de los 70 y primeros 80 lo viví como un regreso a mi adolescencia. La película Quadrophenia (1979) me transportó a un pasado que había conocido de oídas. Yo tenía ya 27 años, dos años menos que Sting, el cantante de The Police, que aparece como mod en la película. Ahora él tendrá 63 años, y sigue ahí en el mundo de la creación. Igual que el cantante de Radio Futura, Santiago Auserón, que es unos meses menor que yo, y que continúa, ahora como Juan Perro, tan lúcido y creativo a pesar de ser ya otro sesentón. Fuimos en España la primera generación que hicimos de la música, la cultura pop una actitud intelectual.

Has tenido que compaginar (hasta hace poco) tu trabajo de profesor de instituto con tu trabajo personal. Nos imaginamos que por un lado te habrá quitado tiempo para realizar tu trabajo fotográfico pero también te ha permitido viajar desde joven y visitar otros países. En los años ’80 viajas a Londres y conoces la revista I-D y The Face. ¿Qué significó para ti ver que el tipo de retrato que estabas haciendo tenía un estilo parecido al que había en las revistas más modernas del momento (vamos, que podrían encajar en esas revistas)?

Somos varios los fotógrafos que hemos vivido de la enseñanza. Yo, al ser licenciado de Lingüística Hispánica y en Ciencias de la Imagen, lo tuve fácil. Hay dos viajes claves en mi carrera fotográfica. Uno es en el verano de 1979, las primeras vacaciones que me pago con mi sueldo de profesor de Secundaria (entonces se llamaba BUP). El 77-78 se me había ido en el Servicio Militar Obligatorio, por lo que pocos viajes pude hacer. En julio del 79 estuve en Arles que celebraba los 10 años de su festival fotográfico. Incluso conseguí que me proyectaran unas diapositivas en las veladas nocturnas que había en la plaza central. Pero lo intenso fue ir a Italia al festival “Venecia 79. La Fotografía”. Entre las muchas exposiciones que visité, me quedé con la de Diane Arbus. El catálogo de aquel acontecimiento ha sido mi libro de cabecera durante tiempo.

A mi regreso en agosto asisto en mi ciudad, Málaga, a los “Primeros Encuentros Fotográficos en Andalucía” que dirigió Jorge Rueda en La Cónsula. Me alegró ver mis fotos expuestas entre los grandes nombres españoles. Se dio cita la generación Nueva Lente en pleno más fotos de Pérez Siquier, García Rodero, Ouka Lele… Un espectro completísimo. Y hubo talleres, mesas redondas, proyecciones nocturnas. Fue nuestro Arles en probeta interruptus. Cuando se acercaba el 30 aniversario de aquel acontecimiento en la fotografía española y del que se sabe tan poco (si se hubiera organizado en Madrid o en Barcelona, hoy estaría en todos los libros) yo intenté que en Málaga se hiciera algo conmemorativo, pero pinché. Y tampoco mostró interés el Centro Andaluz de Fotografía (CAF), con sede en Almería. Desgraciadamente el material fílmico que había de aquel evento lo quemó Carlos Canal creo que extralimitándose en el deseo verbal de última voluntad de Jorge Rueda. Aquellas películas en Super8 no eran fotos de Jorge Rueda.

Y el segundo viaje que me marcó fue en el verano siguiente, en 1980, a Londres. Conocí el original de lo que se empezaba a llamar en Madrid Nueva Ola. Allí era la New Wave al por mayor. Disfruté con las tiendas por King’s Road, Kensington Market… Y compré cómo no las revistas I-D y The Face. I-D acababa de salir y fue un flashazo comprobar que lo que yo empezaba a hacer en Madrid era lo más en la entonces capital del mundo. Regresé con las pilas recargadas y sin complejos de que aunque en Madrid no hubiera un público con esas pintas tan impactantes de Londres, sí había unas ganas de vivir y un entusiasmo que se te olvidaba que entonces fuéramos cuatro gatos de tres al cuarto.

Desde el año 80 y hasta el 84 editas un fanzine llamado Rockocó. ¿Cómo surge la idea de hacer un fanzine enteramente fotográfico y con monografías dedicadas a las tribus urbanas del momento? ¿Qué tipo de repercusión tuvo Rockocó?

Surge porque Poptografía, la revista de blanco y negro que dirigía Miguel Oriola, cerró cuando me iban a publicar un porfolio. Eran retratos con un texto mío de presentación. Iba a salir también un porfolio de Manuel Falces, que ya era bastante conocido. Aquello me frustró tanto que le añadí unas fotos más y lo convertí en un fanzine de música más que de fotografía. Lo llamé Rockocó nº0 “Especial 1980” y era como un álbum de mis mejores retratos en blanco y negro de ese año, pero no aparecía mi nombre. A partir del nº1 cada número lo dediqué a una tribu urbana. Empecé con los mods.

La repercusión era en Radio 3 y Onda 2. Y tengo recortes de periódicos y semanarios de la época. El más sonado, la columna que le dedicó el periodista Francisco Umbral en El País (1-05-1982). La única reseña en publicaciones fotográficas fue media página que salió en Foto (marzo 1983), la revista de Manuel López. Reprodujeron las portadas de los 4 números que ya llevaba. Como era anónimo no se sabía quién o quienes estaban detrás y hablaban de “un colectivo de jóvenes”. En 1986 cuando ya había publicado el sexto y último, el “Especial Heavies”, la revista Madrid Me Mata (MMM) le dedicó bastantes páginas y entonces sí se decía que yo había sido el autor único del fanzine. Ya se sabía. Es curioso que Rockocó nace en 1981 por el cierre de una revista, Poptografía, y es homenajeado en el último de otra revista, ya que Madrid Me Mata cerró sus puertas tras este número y me quedé sin recuperar las páginas originales. Aún sigo pensando si acabaron en la papelera o alguien de la revista se quedó con ellas. Algunas de las que conservé (afortunadamente solo les llevé una selección) están ahora en una vitrina del Museo Reina Sofía formando parte de la colección permanente dentro de las salas “De la Revuelta a la Posmodernidad (1962-1982)”. Paradojas de la vida, unas páginas en la basura y otras en el museo.

¿No te planteas en ningún momento dejar tu trabajo de profesor de instituto y «tirarte a la piscina», sobre todo cuando en los años ’90 Alberto Anaut y Chema Conesa te encargan hacer un trabajo fotográfico retratando a los jóvenes en las capitales de provincia españolas para El País?

Lo de El País Semanal ha sido mi único trabajo periodístico de encargo que he hecho y viajé como nunca por grandes hoteles y buenos restaurantes. La serie de seis entregas (una por mes) con textos de Moncho Alpuente salió con cierto retraso. Las dos primeras estuvieron un tiempo guardadas, porque yo no estaba haciendo fotos de reportaje, sino retratos y eso planteó dudas editoriales. Cuando ya fueron saliendo, llegaban cartas al director de protesta porque no aparecían los monumentos de la ciudad, sino gente joven no representativa y sitios raros… Luego, los mejores retratos los expuse ya por mi cuenta en la galería Moriarty con el título “Souvenirs” y un montaje a modo de tienda turística con tiras de postales como catálogo. Y tuve ventas. Lola Garrido Armendáriz y Oliva María adquirieron varias fotos para la Fundación Banesto. Y La Caixa también compró. Pero la galería nunca me liquidó. Y eso que la producción de la exposición era toda mía. Como para haber dejado la enseñanza.

Entonces vi que no había piscina a la que tirarse. Y me he debido perder muchas historias bonitas y muchas buenas obras de encargo. Pero no hay nada como la felicidad de ser tu obra y haber tenido un sueldo para que nadie te compre. A cambio, el sacrificio de haber estado 35 años levantándome al amanecer o viendo amanecer en los trenes de cercanías (mis institutos han estado casi siempre en la periferia de Madrid primero y luego de Barcelona) y volver a mi casa reventado (en mis últimos años hasta hacer guardias en los recreos me agotaba psíquicamente). Si no hubiera sido por las vacaciones…. Por eso en el momento que la ley me ha permitido pedir la jubilación voluntaria lo he hecho. Pero miro para atrás y no me arrepiento. Es más, me sorprende cómo ha sido posible esa dualidad. Está claro que gracias a mi posibilismo y a mi entusiasmo.

Nos gustaría saber, ¿cómo eliges a tus modelos y sobre todo cómo estableces esa relación de complicidad con todos ellos? ¿Es igual de fácil abordar a tus modelos en España como en el extranjero? ¿Cómo sorteas la barrera del lenguaje?

Afortunadamente estamos hablando de imágenes y de gente con pintas. A lo mejor mi actividad docente me ha servido para saber cómo dirigirme a ellos. Son flechazos visuales, corazonadas a corazón abierto. Los fotografiados son conscientes de porqué van como van. Y al contarles que estoy preparando una exposición fotográfica en Barcelona, en Madrid, sobre el mundo estético que ellos representan, las culturas underground juveniles, se identifican. Al notar que controlo el tema, se sienten más partícipes. A veces si los veo indecisos, les enseño un pequeño álbum de fotos 10×15 que llevo en la mochila con un muestrario de mis fotos de diversas tribus urbanas durante más de 30 años. Se sorprenden al verlas. Y más cuando les digo las fechas de algunas fotos. Ni habían nacido. Y no hay que hablar mucho, por lo que no tengo claro que el idioma ayude tanto. Tengo fotos buenas hechas en Pekín, Tokio o Seúl de gente con la que apenas hablé. Ayuda también que la cámara la ven potente. Y en los países orientales el que yo sea mayor curiosamente también me está sirviendo. Están educados en el respeto y cercanía hacia los mayores. Te dan la mano al despedirse tras la foto o una pequeña reverencia de agradecimiento.

Cuando uno conoce tu trabajo, se da cuenta de que los fondos que utilizas en tus retratos les dan una fuerza especial, casi nunca parecen depender de la casualidad ¿Son improvisados o antes de abordar al retratado tienes claro la localización dónde vas a hacer la toma? ¿Citas a la gente para ser retratados o lo haces en el momento que les conoces? ¿Cuál ha sido el sitio más extraño que has utilizado para hacer un retrato?

Los fotógrafos somos ladrones de cuerpos y de espacios. Y me gusta conjuntarlos. La fotografía documental es respiración. Una pared también tiene su vida. Cuando llego a la fiesta o al festival, busco sitios posibles de fondos y voy de uno a otro con la esperanza de encontrarme alguien cerca fotografiable. Ciencia y paciencia. Citar a desconocidos nunca me ha funcionado. En fotografía no existe la respiración asistida. Por eso un retrato lo relacionaría más que con el mito de Narciso con el de la ninfa Eco. No es casual que la mitología los empareje. Hay mucho de eco de un tiempo, de una mirada en cada foto. Todo pasado por el embudo de la cámara a modo de alambique. Pero el espacio alrededor de la cámara es circular, incluyendo lo que no sale y el fotografiado puede ver. Así que el fotógrafo ha de ordenar ese caos, lo ha de cuadrar. La realidad es abstracta y el arte es concreto, porque es lenguaje. De ahí la foto como eco de ti, como realidad destilada. Y de ahí esos fondos dialogantes de mis retratos.

¿Y cuál ha sido el sitio más extraño en el que he hecho un retrato?

Más que extraño, aparatoso. Fueron los retratos para la serie de El País Semanal. Al ser reportaje de la ciudad, tenía que aparecer algo de ella. Ahí sí había cita previa en muchas de las fotos. Pero buscaba localizaciones atípicas, como un almacén de bombonas de butano en un descampado de Ciudad Real o fábricas humeantes de noche en el Polo Químico de Huelva.

La indumentaria de los fotografiados y su relación con ella son fundamentales en tus fotografías: Raperos, Mods, Rockers, Punks, Siniestros, todos ellos tienen un código de vestir y una actitud vital que los une ¿Encuentras similitudes entre un Punk español y uno japonés por poner un ejemplo? ¿Es más lo que los une o lo que los separa?

Les une el código estético. En arte, en música no hay fronteras nacionales. Es cierto que está el componente racial, pero poco más. Y la única lengua comodín es el inglés. La actitud vital es idéntica. La gran diferencia es cuando he estado en países con regímenes políticos distintos a las democracias occidentales. Las pintas se convierten en provocación, en resistencia al estar muy restringidas las libertades civiles. Y aún más si el país es oficialmente de una creencia religiosa. Ya lo decía Cervantes en El Quijote, su libro de humor: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”. Entiéndase hoy iglesia, mezquita, sinagoga o templo.

De un tiempo a esta parte nos damos cuenta de que en las calles hay cada vez menos «color», menos tribus urbanas (a lo mejor propiciado por las grandes cadenas tipo H&M, Zara o Springfield que tienden a uniformar a la gente de muchos países) además, es difícil encontrar un programa de música independiente en la TV o radios que la propaguen ¿Crees que es cierto que vivimos en una época en la que la gente busca menos la individualidad en su manera de vestir y que sufrimos un adocenamiento musical? ¿Es por esta razón por la que últimamente fotografías más en países fuera del ámbito europeo o sientes una nueva atracción por los países asiáticos?

Es que en Asia hay de todo. Casos extremos como el de Corea no existe en otro continente. El fenómeno del K-Pop, que tanto éxito tiene en Seúl, es impensable en Pionyang, la capital de la militarista Corea del Norte. Con la globalización hay una tendencia a convertir las avenidas comerciales de las capitales en clones de los Duty Free de los aeropuertos. Estés en el aeropuerto que estés siempre son las mismas tiendas, las mismas marcas. Son calles esterilizadas. En cambio, las ciudades son espacios vivos y cada generación trae tendencias imprevistas, como puede ser ahora los swaggers o los cosplayers como cotidianidad. Siempre ha habido historias estéticas distintas a los dictados de las pasarelas o de los sellos discográficos. Y respecto a los mega malls o a las calles comerciales, Zara, Uniqlo o H&M están en las esquinas caras, pero hay que perderse por los sitios y seguro que hay otras vistas y otros sonidos. Es lo que yo hago en los viajes. Allí la TV o la radio no me sirven. Las nuevas tendencias hay que buscarlas en internet, que es donde están los jóvenes. Y lo que más resultado me da es seguir sin que se den cuenta a gente que me llama la atención. Me llevan a lo que yo buscaba.

Háblanos de este último trabajo «Afluencias, Costa Este-Costa Oeste» que has expuesto en Madrid y que irá ahora en itinerancia por Asia y Latinoamérica.

Hay prevista una itinerancia de cinco años tras haber estado en las salas de Tabacalera de Madrid dos meses. Me han dicho que ha sido visitada por más de 20.000 personas, por lo que hasta ahora es la segunda expo más vista desde la creación del espacio en 2011. La más es la de Gervasio Sánchez. Curioso que la suya sobre el sufrimiento y la mía sobre la diversión sean las dos con más público. Empezará la gira esta primavera en Marruecos, que es de donde son parte de las fotos y luego irá a Asia (otra parte de las fotos son de Vietnam) y después a América. Te paso este enlace para quien quiera echarle un vistazo desde su casa. Hay en You Tube más reportajes de la expo. El catálogo ya no se encuentra, porque se vendieron todos en la exposición. El proyecto lo inicié en 2009 y desde entonces lo fui desarrollando por mi cuenta. Y gracias al comisariado de Javier Díez se ha podido plasmar en una magnífica producción del Ministerio de Cultura. El interés de Begoña Torres y de Antonio Sánchez Luengo posibilitaron su realización a pesar de la crisis y sus recortes.

Por último una pregunta difícil -porque a lo mejor no tienes la respuesta- ¿Por qué ha tardado tanto la gente en darse cuenta de la importancia de tu trabajo? ¿Crees que el presente se tiene que tornar pasado para que la gente valore tus imágenes?

No tengo esa sensación. Te diré que me he visto reconocido en cada momento. Nunca he jugado a maldito. Empecé con buen pie, como recordaste, exponiendo en 1976 con los entonces jóvenes popes de la fotografía española cuando yo acababa de empezar. Y en 1983 vino el reconocimiento tras mis exposiciones en las galerías Ovidio y Amadís, de Madrid, llegando a ser portada de la revista Foto en su nº 6 dedicado al retrato (con porfolios de Catalá-Roca, Humberto Rivas y el mío, que era en color). Ese año fui el primer fotógrafo en ser entrevistado en La Edad de Oro, el programa de culto de la televisión española del momento. Y en el 85, Metrópolis, el veterano espacio de arte de TVE, me hizo un reportaje en un programa que compartí con el neoyorkino Keith Haring. Y ya en los 90 fui uno de los seleccionados para la famosa expo “Cuatro Direcciones” del Museo Reina Sofía. La década la acabé muy bien con el Photobolsillo nº 11 de Fotógrafos Españoles Contemporáneos que me publicó La Fábrica. De los 11 primeros Photobolsillos quedamos vivos cuatro.

En cambio, no soy conocido fuera de España. Por eso valoré tanto que Horacio Fernández, siendo director de PhotoEspaña, me incluyera en su expo estrella “Viaje alrededor de mi casa”, que comisarió en el Círculo de Bellas Artes en 2005. Allí junto a consagrados como Martin Parr o Guy Tillim expuse la serie Habaneras de las travestis cubanas perseguidas por el castrismo. También José Lebrero, ahora director del Museo Picasso de Málaga, vio en 2009 esa necesidad de que mi obra fuera conocida fuera y publicó en inglés con la editorial Actar el libro antológico “Photo-Identities” del proyecto que me había comisariado. Y ahora no pasará desapercibido lo que ha escrito Gerry Badger en el catálogo de mi expo “Afluencias. Costa Este-Costa Oeste” de Tabacalera. Que una autoridad internacional de su prestigio haya hecho ese elogio de mi obra es un buen indicador. Estamos en un gran momento para la internacionalización de la fotografía española. Hay una generación nueva que como generación lo está consiguiendo. Se pudo comprobar en la pasada feria Paris Photo. Eso nunca había ocurrido. Habrá que aprovecharlo.

Entrevista Mike Steel

 

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